EN POS DE LO IMPOSIBLE
Confiar en el poder de Dios
La manera en que
el Señor entrega a sus hijos una visión
refleja la inagotable creatividad con que ha engendrado los mismos cielos y la
tierra. En algunos casos, como en los de Isaías, Daniel, Ezequiel o Juan, los
que la recibieron se vieron envueltos en una dramática experiencia que los
trasladó a una dimensión que pocos hombres han visto. En otros casos, como en
el de los patriarcas, Josué y David, la visión vino por medio de una palabra
que Dios les habló. En la vida de Samuel, José y los hombres sabios del
oriente, las visiones llegaron por medio de sueños. Los discípulos, al caminar
con el Hijo de Dios, tuvieron oportunidad de percibir una visión echa carne,
pues Jesús les afirmó: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan
14:9). En un caso en particular, el de Moisés, la visión le fue entregada en
dramáticos encuentros en los que Dios hablaba con él “cara a cara, como habla
un hombre con su amigo”
(Ex. 33:11).
Cometeríamos un error si insistiéramos que una visión debe llegar por algún camino en particular. En lo que no parece existir duda alguna, sin embargo, es sobre el valor de una visión en movilizarnos hacia la relación que Dios anhela cultivar con cada uno de nosotros. De hecho, el autor de Proverbios no duda en señalar: “Donde no hay visión, el pueblo se extravía” (29:18 – NVI). Es decir, si no existe una orientación divina para el hombre, andará descarriado, perdido, desorientado.

Una visión cumple
un papel fundamental porque vuelve a colocar ante nosotros la imagen de lo que
podríamos ser si escogiéramos darle a Dios la libertad que le corresponde como
nuestro creador. Nos salva de deambular de un lado para el otro en la vida,
arrastrados por las inestables corrientes de un mundo sin rumbo.
Tan importante es
el impacto de la visión que el Señor comparte una con nosotros cada vez que
escoge dar a conocer su corazón. A Abram mandó que contara las estrellas
del cielo y la
arena del mar para que pudiera captar las dimensiones del pueblo que formaría
de sus entrañas. También a Isaac y Jacob, como herederos de la promesa, les
reiteró esta visión. La visión cobró tal fuerza en los descendientes de Abraham
que José, quien pasó la mayor parte de su vida en Egipto, solicitó ser
enterrado en la tierra que Jehová había jurado a sus padres. Cuando Moisés
apareció, cuatrocientos años más tarde, el Señor cautivó su corazón con la
descripción de una tierra que fluye leche y miel, una descripción que volvió a
reiterar al pueblo, al menos, dieciséis veces.
La historia de
Moisés, sin embargo, también nos ayuda a entender cuál es el problema principal
que enfrentamos frente a una visión. Cuando esta nace en el corazón mismo de
Dios, el contraste entre el sueño que presenta y la realidad que vivimos es tan
inmensa que,
en ocasiones, nos
parece imposible poder alcanzarla. Que un hombre anciano, sin hijos, se
convierta en el padre de una multitud tan numerosa como la arena del mar,
parecía, más bien, una burla. Que los israelitas, hundidos en una opresiva
esclavitud, pudieran llegar algún día a morar en “una tierra con grandes y
espléndidas ciudades que tú no edificaste, y casas llenas de toda buena cosa
que tú no llenaste, y cisternas cavadas que tú no cavaste, viñas y olivos que
tú no plantaste” (Dt. 6: 10-12) parecía una verdadera utopía. El solo pensar en
esta visión despertaba en ellos un torbellino de preguntas: “¿Cómo nos darán
permiso para irnos?, ¿quién nos conducirá hasta allá?, ¿cómo podremos vencer a
los moradores de aquella tierra?, etc., etc.”
Del mismo modo,
cuando el Señor declara que hemos sido “predestinados a ser hechos conforme a
la imagen de su Hijo”
(Ro. 8:29), y
que nuestro llamado nos ofrece la increíble oportunidad de “llegar a ser partícipes
de la naturaleza divina” (2ª Pedro 1:4), se manifiesta en nosotros un fuerte escepticismo. Estamos de acuerdo con que Él ha
prometido darnos vida y vida en abundancia (Jn. 10:10), pero la verdad es que
la mayoría de nosotros no creemos que la podremos saborear durante los años que
transitaremos en esta tierra.
Una visión de lo alto, sin embargo, no habla de lo
imposible, sino de lo posible. Constituye un error fatal, sin embargo, creer que la posibilidad de su
implementación descansa sobre nuestras capacidades. La visión que Dios imparte
describe cómo será la vida cuando Él haya realizado en medio de nosotros las
obras que se ha propuesto.
Cada vez que Dios
ha compartido una visión, sin embargo, quienes la recibieron se han sentido
tentados a mirarse a sí mismos para ver si es realizable. Inevitablemente lo
que vemos no nos inspira, pues nuestras insuficiencias y debilidades están
siempre a la vista.
Cuando nuestras
dudas y preguntas ganan sobre la visión de Dios, ocurre una de las grandes
tragedias en la vida espiritual. Acabamos, como el hermano mayor en la parábola
del hijo pródigo, trabajando con amargura para lograr algo que se obtiene por
otro camino enteramente diferente: descansar
en la certeza de que nuestras vidas están en manos de un Dios que se
especializa en convertir lo imposible, en posible.
"EN POS DE LO IMPOSIBLE"
Autor: Christopher Shaw - Director Revista APUNTES PASTORALES - Volumen XXV -
Número 3 - Abril-Junio 2008

