Carta a la mujer
Dentro de la compleja sociedad actual, la
mujer está llamada a jugar un papel preponderante. Su condición de mujer le
obliga a cumplir con varios roles a la vez, roles que demandan mucho de sí. Por
un lado se le exige un desempeño adecuado, por otro femineidad e inteligencia
y, además, constituir el apoyo que su familia necesita. La imposibilidad de
calificar perfectamente en todas las áreas, junto a la insatisfacción de su
necesidad de amor, protección y seguridad, generan conflictos que afligen su
vida. Las diferencias con el género masculino son enfatizadas más como una
carga que como una ventaja, olvidado que hombre y mujer se complementan para
ayudarse.
La culpa, la depresión, el temor, los celos,
la ansiedad y la angustia son causas de consulta psiquiátrica a diario. Pero
estos problemas no se eliminan con medicamentos. No obstante estos ayudan
quitando los síntomas, el problema real subsiste porque la causa es más
profunda, es espiritual y, como tal, necesita un tratamiento a ese nivel.
No somos sólo mente y emociones, sino que
estamos formadas por una triple unidad: espíritu, alma y cuerpo. Buscamos
constantemente suplir nuestras carencias a través del alma (compuesta por
mente, emociones y voluntad). Pero el vacío del corazón persiste. La soledad y
el miedo atrapan el corazón de la mujer, afectando sus decisiones y su vida.
Como consecuencia, ella vive más por sus sentimientos que por la verdad.
Todo ser humano busca amor, lo necesita, y la
insatisfacción producida por el amor condicionado que estamos acostumbradas a
recibir, daña. Como mujeres, necesitamos ser amadas de verdad y, como esto no
sucede, el dolor se agudiza. Necesitamos de la compresión y la paz interior que
sólo puede darnos Aquel que nos creó y que conoce nuestros anhelos más íntimos.
Ni cursos, ni filosofías, ni amuletos podrán calmar el ansia de amor que
tenemos. El vacío del corazón, a veces atenuado por elementos externos como la
vida social, el trabajo o la familia, no puede ser llenado si no es por un amor
incondicional como el de Cristo, que murió por ti: Recuerda que Él dijo: “He aquí, estoy a la puerta y llamo; si
alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él…” (Apocalipsis 3:20).
Jesucristo es el mismo de ayer, un experto en cambios de vida, y puede hacer
grandes cosas por ti. Cuando El toca nuestro espíritu, el impacto en el alma es
tan grande que muchas heridas del pasado comienzan a sanar.
Si deseas acercarte más a Dios y sentirte
plena y realizada, solo pídeselo. Si no sabes como hacerlo repite esta oración
para invitarlo como Señor y Salvador de tu vida.
“Señor Jesucristo, yo te necesito, reconozco
que pagaste por mis pecados en la cruz, muriendo por mí. Te pido ahora que
entres a mi corazón como mi Señor y mi Salvador, para que hagas de mí la
persona que tú quieres que yo sea. En Cristo Jesús, amén”.
Si deseas conocer más sobre ti misma, tus
necesidades y acerca del Señor Jesús, Llámanos.
Agradecemos tu
respuesta.

